El puente de Salerno

Recuerdo aquella tarde, en el puerto de Salerno, y me esfuerzo por lograr que los detalles no se escapen de mi cabeza, para volver a saborearlos una y otra vez. Escribir sobre estas cosas es una de las técnicas sencillas que uso para ayudarme a no olvidar.

Así que ahí estaba yo, en el puerto, esperando a mi primo Francesco, quien por esos momentos viajaba desde Basilicata.

Francè, me iba a buscar en su gran Lancia Made-in-Italy, un autazo, que por más años y kilómetros que tuviera encima, tenía una mística y un andar envidiables, y cuya presencia confirma a todas luces que es una verdadera “vettura”, con todas las letras.

En Basilicata nacieron mi madre, muchos de mis tíos y mis primos. Mis abuelos maternos también eran de ahí, así que la espera era una ensalada de emociones y unas ganas enormes de volver a ver a la familia grande de la Lucania (antiguo nombre de la Basilicata). Ver a los míos era el mejor modo de coronar un largo viaje por Italia, que ya había dejado en mi una riqueza inmensa por los momentos vividos y compartidos con grandes amigos.

Durante esa espera aproveché para hacer un pequeño recorrido a pie, con las valijas a cuesta -así que realmente fue breve-, y guardar en mi memoria todo lo que estuviera a mi alcance, aprovechando cada segundo al máximo (como dice Lorenzo Jovanotti: “Spingo il tempo al massimo, al massimo, al massimo“).

Me esforcé por enfocarme y recordar: El puerto, con cientos de barcos en los amarraderos, los candaditos de los enamorados puestos en las barandas de los muelles, las montañas que rodean a Salerno -muy altas, escarpadas y misteriosas-, los sonidos del mar y del viento, y la danza de las gaviotas sorteando los remolinos de aire.

En eso me llamó  la atención un puente, uno muy alto y un poco alejado del lugar donde me encontraba -estaría a unos cinco o seis kilómetros, hacia el norte, como rumbeando para el lado de Amalfi-. Una enorme estructura perfectamente enclavada entre dos cerros muy altos y de laderas escarpadas.

No pude sacarle fotos, ya no me quedaba carga en ninguna de las baterías de mis cámaras, pero la imagen de ese puente nunca la olvidé.

Puente de Salerno

Y todavía me intriga mucho ese puente.

Me gustaría tener la oportunidad de transitarlo alguna vez para entender a qué se debe esta curiosidad. Creo que me intrigó bastante porque además de ser un puente -que de por sí encierra el concepto de “algo que une”-, no unía dos simples llanuras, sino dos laderas muy escarpadas.

El resultado: una soberbia obra de ingeniería, el ingenio humano puesto al servicio de unir, no de separar, de construir, no de destruir. Y pensaba en las cosas buenas que resultan cuando se tiene voluntad, ingenio, ingeniería y las herramientas adecuadas, pero sobre todo lo primero: voluntad. El mismo ingenio y la misma ingeniería podrían ser usadas también para destruir, si esa fuera la voluntad.

Y me quedé pensando en eso… En ese bello puente que une a dos montañas, que es un puente altísimo, y que a semejante estructura, a pesar de lo escarpado del lugar donde se enclava, lo construyeron personas. Personas como las que algunas veces no se logran poner de acuerdo para avanzar con temas mucho más triviales.

Es un puente que vincula dos montañas separadas, dos moles inamovibles, de diferente color, de diferente consistencia y diferente vegetación. Y ahora las dos montañas están unidas por medio de esa imponente estructura, y por medio de ella se hermanan como si el puente fuera una arteria que las conecta. Como si ese arco y sus pedestales hubieran sido puestos allí en una ceremonia para celebrar el matrimonio de las dos rocas gigantes e inmutables, pero que a partir de ese momento cooperarían por una causa en común.

Y me quedé pensando en todo lo que un hecho como ese nos enseña.

Por lo visto, entre ese puente y yo quedaron algunos asuntos pendientes.